Publicado en El SextoPiso
El pasado sábado Liébano Sáenz publicó en su habitual columna de Milenio algunas reflexiones en torno a si el PRD merecía o no presidir la Mesa Directiva del Senado en el próximo período ordinario de sesiones. Hacía un balance de lo malo y lo pésimo que ha hecho ese partido en las Cámaras en los últimos meses para luego concluir que no tenían la altura para algo así, más considerando que de permitírseles llegar, ellos tendrían el derecho de nuevamente presidir en 2011-2012, año peligroso para las aspiraciones presidenciales de cualquiera de los tres partidos (irónicamente también para el PRD es peligroso que el PRD presida el Senado, y esto no lo dijo Liébano). Finalmente culminaba con un párrafo políticamente correcto donde indicaba que ni PRI ni PAN tenían derecho por cuestiones ideológicas a prohibirle a ese partido dirigir el Senado, por más que se hubiera portado mal, pues tenía suficientes legisladores como para que el Reglamento Interno los respaldara.
A diferencia de otros muy buenos artículos, la verdad no me quedó muy claro cuál era el objetivo de este escrito del que fuera el brazo derecho de Ernesto Zedillo hace algunos años. Si lo que buscaba era defender el derecho de los perredistas a dirigir el Senado, no me quedó muy claro por qué la mayor parte de su columna dio razones para que no se lo permitieran. Si lo que quería era exhibir al PRD como un partido inmaduro e incapaz de ser receptor de la confianza de las "instituciones legislativas", bueno entonces porqué el final feliz. Supongo que se dio cuenta de sus propias barbaridades e intentó maquillarlas.
Pero el objeto de esta opinión no es hablar de Liébano o su paranoia hacia el partido que debe ser el siguiente que presida el Senado, independientemente de amores y odios. Más bien quiero resaltar algunas de las frases que repitió el columnista en un afán de reflexionar sobre el papel del PRD en las Cámaras pero, más importante, sobre el papel del PRI y el PAN en este juego político.
Primero, ninguna duda que el PRD ha dado muchas razones para suponer que no tiene la disciplina parlamentaria que otros partidos gozan. Y no estoy diciendo de antemano que esto sea un error, sino más bien lo plantearía como un reto y como una ventaja. Aunque la máxima de Michels dice que los partidos para poder funcionar en democracia deben tener estructuras y modelos autoritarios, yo iría más a apostarle al modelo de la confrontación como un requisito indispensable para la necesaria evolución de una agrupación política. Y si bien durante 2005 y 2006 el partido de la izquierda sufrió un importante revés en este aspecto cuando todas las fuerzas se alinearon en torno al líder que les había prometido llevarlos al poder presidencial en 2006, rápido se deshicieron de esas prácticas tiranas para llevar nuevamente al diálogo, a la discusión y, sí porqué no, la confrontación, las ideas que suponían eran mejores para el partido.
Segundo, el PRI no ha sido una demostración de disciplina y buenos modales en su calidad de grupo parlamentario. Nada más recordemos la lucha encarnizada que en 2003 se dio entre elbistas y chuayfettistas por el control de la Cámara de Diputados. El PAN por su parte ha pasado también por una crisis en la remoción del hasta ahora todavía presidente del Senado Santiago Creel. La mayor crítica sin embargo es que, con lujo de razón, PAN y PRI tienen como antecedente para suponer un riesgo mayor que el PRD presida el Senado la recurrente toma de tribuna que han hecho los miembros de este partido cuando los números no les salen. Aunque comparto que ha sido una figura lamentable, como sostenía apenas en mi escrito anterior a esta revista, ésta ha demostrado ser efectiva, para bien o para mal. Una pregunta que podría flotar en el aire en torno a estas discusiones es si se le permite a los partidos políticos utilizar figuras de presión en un recinto donde la mayoría ha expresado su parecer ¿Qué tanto poder se le debe permitir a la minoría cuando ésta considera que la decisión de la mayoría ha sido un desastroso error? Con toda razón cualquier demócrata respondería que la respuesta es "nada de poder si es que las mayorías han decidido". Caeríamos en una trampa sin salida si apoyamos esta suposición sin reflexionar un poco ¿Estamos hablando en México de un país democrático? ¿Suponemos que esas mayorías actúan en virtud de la mayoría de la población en aprobaciones express como la Ley Televisa o la reforma a la ley de pensiones del ISSSTE? ¿Debemos suponer que todos los integrantes de esas legislaturas tienen la legitimidad suficiente para decidir por todos cuando cada vez es más frecuente la existencia de "legisladores de corporaciones" como Jorge Mendoza que representa a Televisión Azteca o el mismo Gamboa Patrón quien sólo defiende los intereses de sus amigos Azcárraga y Kamel Nacif? Este tipo de preguntas se hacen los legisladores del PRD cuando se asumen como una casta pura y lejana a esos intereses particulares, cuando se envuelven en la bandera de la nación y suponen que todo lo que ellos hacen es correcto y tiene un fin noble. Es una suposición peligrosa.
La decisión de quién presida o no el Senado en el próximo periodo de sesiones no debe estar en discusión. Ningún partido puede pasar por encima del reglamento y éste expresa claramente que a quien le toca es al partido incómodo. Una pregunta incómoda aparece cuando reprochan que el PRD haya tomado la tribuna para impedir la aprobación de la reforma petrolera ¿Qué hubiera pasado si no lo hace? Ya tendríamos un régimen petrolero en el que los únicos beneficiados serían los propios inversionistas. Otra ¿Qué habría pasado si López Obrador no toma el Paseo de la Reforma en 2006? Muy probablemente nos hubiéramos olvidado de la crisis electoral a los quince días de la elección. La siguiente pregunta todavía más preocupante es ¿Esto le da derecho al PRD para suponerse con la autoridad moral para volver a pasar por encima de los procesos democráticos, irónicamente para defender a la democracia de las mayorías con intereses que no responden a la nación? Es una pregunta en la que desafortunadamente no existe una respuesta simple. Y quien crea tenerla seguramente está cayendo en una respuesta sin reflexión.
La preocupación del PAN y del PRI es legítima. El PRD representa la última opción para un gran porcentaje de mexicanos que se han percatado de las trampas de la democracia mexicana. Cuando se habla de una democracia consolidada pero que en la realidad sigue siendo controlada por despachos de abogados que mandan a sus propios socios a legislar para privilegiar a sus clientes, por empresarios que pagan miles de millones de pesos para proteger sus intereses, cuando la ciudadanía se encuentra peligrosamente desarticulada y desinteresada en lo que pasa en ambas Cámaras. El PRD ha sabido aglutinar a una masa inconforme y desesperada que se percata que una elite económica y política se ha apoderado de las instituciones democráticas y mientras practica un efectivo juego de camuflaje democrático, se llena la boca con pretensiones de calidad moral y defensa de las instituciones. La preocupación del PRD en ese sentido, también es legítima. Si permiten actuar a estas mayorías se estaría dando una votación de mayorías fácticas y no mayorías legítimas.
La trampa en realidad va en ambos sentidos. Tanto los "demócratas" del PRI y el PAN pecan al suponerse herederos de la razón cuando asumen que sólo porque votan en mayoría esto representa un elemento democrático per se; como los "demócratas" del PRD pecan al suponerse poseedores de la razón al tomar "medidas necesarias" para defender a la democracia, precisamente pasando por encima de ella.