abril 15, 2007

El Unicornio y el Rinoceronte

Publicado originalmente en el SextoPiso

Nos cuenta Umberto Eco(1) que cuando Alejandro Magno vio por primera vez a un rinoceronte en sus viajes por el norte de África, no tuvo palabras para describirlo, especialmente porque en su mundo, en su universo de cosas conocidas, no existía dicha bestia. Para poder explicarlo en una carta tuvo que hacerse de comparaciones cercanas a su vida. Así dijo que el animal que se había encontrado era como un unicornio pero sin alas, y más fuerte. Tampoco poseía el color blanco de los corceles de la mitología griega. En realidad lo único que era similar entre el unicornio y el rinoceronte era el cuerno, aunque éste se encontraba en la nariz en uno, y en la frente en el otro.

El mismo unicornio fue descrito por los atenienses como un “animal pequeño, muy semejante al caballo con un cuerno en su frente, patas de antílope, cola de león y barba de chivo”(2) dejándonos poco espacio a la imaginación y sí a una descripción muy cercana a las fantasías de Mary Shelley.

Cuando miramos a un ser humano también tendemos a caer en esas descripciones torpes para intentar comprendernos a nosotros mismos y al entorno que nos rodea. Buscamos retazos de nuestra propia experiencia para intentar comprender lo que tenemos enfrente. El interesante relato que nos regaló la semana pasada Mauricio(3) me puso a reflexionar sobre lo que entendemos y sobre lo que no. Difícilmente sale de nuestra boca un “no entiendo”. En cambio preferimos hundirnos en las nubes de la ignorancia prepotente al tratar de entender sobre nuestros limitados conocimientos. Fingimos que sí captamos el mensaje, y luego que rodeando a los demás con nuestra ignorancia disfrazada, le damos vuelta a la hoja. Nos olvidamos de la bochornosa experiencia que significó ese instante en el que supimos que no sabíamos, para luego encubrirnos en una sabiduría falaz.

La percepción es una de las armas más poderosas con las que cuenta el ser humano pues nos permite defendernos, tener información sobre lo que está pasando a nuestro alrededor más inmediato; el círculo rojo de la supervivencia. Saber que tengo frente a mí a un rinoceronte furioso y no a un unicornio que quiere llevarme al Monte Olimpo me permitirá hacerme a un lado, intentar buscar refugio y mantenerme lo más alejado posible de él la próxima vez que lo vea.

Otra arma que el ser humano tiene para defenderse o para agredir a otros es la confusión. Engañar a la percepción resulta muy sencillo, y es una de las formas más fáciles que tenemos para pasar como alguien que no somos. El mundo de las pretensiones, de las mentiras, de las suposiciones y de los encandilamientos. Uno se sube a un elevador de un prestigiado corporativo del centro de la ciudad y lo primero de lo que se percatará será el sonido alegre que despiden las bocinas. Música suave que nos transporta a otro mundo, a un momento de nuestra vida un poco más feliz de lo que es ahora y aquí. También así cuando hacemos una llamada e irremediablemente nos enviarán a esas músicas parsimoniosas que nos harán olvidar los minutos que nos hagan esperar. Al momento que la persona a la que buscábamos nos conteste no podremos estar más contentos pues estuvimos disfrutando de una encantadora melodía de nuestra adolescencia que ya se fue, pero que por unos segundos estuvo entre nosotros preguntándonos cómo nos iba.

Cuando describimos algo lo que hacemos es un ejercicio de discriminación o de inclusión. Para entender la oscuridad tuvimos que haber experimentado la luz alguna vez en nuestras vidas. Así cuando pensamos en nuestra persona tuvimos que haber siquiera imaginado cómo es un ser humano. Si no, tendremos una noción muy extraña de nuestro propio ser. Algo similar le sucede a un perro grande y torpe que convive únicamente con uno pequeño durante toda su vida. Cuando intenta convivir con personas, el perro grande hará movimientos y acciones similares a las que le ha visto hacer al perro pequeño. Para nosotros resultará muy cómico su actuar, pero para él será algo completamente normal. Podemos afirmar que somos seres que imitamos lo que a nuestro alrededor vemos, y tiene mucho que ver con lo que percibe nuestra mente.

Somos en función de lo que hemos experimentado. Entendemos el mundo sólo en la medida de lo que hemos vivido. Sufrimos sólo si nos percatamos que hemos perdido algo. Si ni siquiera sabíamos que lo teníamos, la pérdida no significará nada para nuestros corazones. Cuando el hombre se miró en el espejo después de que el barbero lo había despuntado, no tuvo más imagen que su propia consciencia, sus propios actos, toda la lista de acciones que lo habían llevado hasta esa barbería que le había recomendado un amigo del que nunca supimos su nombre.

Cuando la silla giró hacia el espejo tuvo frente a sí al rinoceronte y no pudo reconocerlo. Comenzó entonces el interesante ejercicio de su mente para tomar retazos de aquí y de allá hasta que armó algo más o menos reconocible. El ser humano hace eso todos los días. Se engaña o es engañado. Percibe a medias pero su mente hace un ejercicio de complementación. El mundo que percibimos en realidad sólo existe en nuestra imaginación y la realidad ni siquiera hemos tenido el valor de enfrentarla. Seguimos inventándonos cuentos para no parecer tan estúpidos como realmente somos.


1 Eco, Umberto (1999) “Kant y el Ornitorrinco”. Editorial Lumen. Barcelona
2 Conciencia Animal: El Unicornio
http://www.conciencia-animal.cl/paginas/temas/articulo/686/los-unicornios/
3 El Sexto Piso. Habitación de Mauricio Aguilar. Semana del 2 al 8 de Abril. “La Barbería” http://www.elsextopiso.com Disponible en archivo o a solicitud al autor.

6 comentarios:

Blog para pensar dijo...

Me agradó mucho el texto. Umberto Eco es muy interesante

Reva Doiss dijo...

Muchas gracias, estimado Alvaro. Sus comentarios siempre estimulantes

Batz dijo...

Te luciste con este champ ;)
Cuando uno no sabe como definir a las personas/cosas con las que se enfrenta, tiene a esconder su miedo tras la arrogancia y la prepotencia. Es fácil definir la discriminación de esta forma: miedo.
A veces me siento como un rinoceronte en este país, y no por lo gordis, sino porque las personas no saben como acercarse, y entender el fenómeno del que la inmigración a traves de la cara de todos los nuevo integrantes de esta sociedad española.

El Vagabundo. dijo...

En una ocasión fui a la "Chamba", si una tarde para ver el baseball, en mi lugar designado por el Jefe por se uno de los mejor empleados, se encontraba otro buen empleado a mi lado un poco más entrado en la "Chamba" que yo.
Me pregunto si creo en Dios y le conteste:
Aveces, cuando no me encargan tarea, y cuando se me permite en la "Chamba" porner la misma rola en la rokola.
El compañero me dice y cuándo no creo, a lo que conteste:
Cuándo tengo que pagar para estar en la "Chamba"

Sextopiso dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Reva Doiss dijo...

Batz, Interesante interpretación migratoria que haces de mi escrito, pero tienes razón: cuando se encuentra uno en terreno extraño es cuando más resiente estas diferencias y este shock por tratar de conocer algo que es completamente desconocido

Vagabundo, Como dices tú, el mayor problema de tomar es tener que pagar. Todo lo demás es muy bello, especialmente en la buena cantina de la Chamba