agosto 27, 2006

La clase intelectual

El conflicto entre la pureza de la democracia y la eficiencia de la democracia surge fácilmente cuando se hacen planteamientos platónicos respecto a quién debe gobernar.

Históricamente se han asumido varias posturas, la gran mayoría de ellas apostando más por la meritocracia (el poder de los más aptos) contra la democracia (el poder del pueblo).

El intelectual surge porque existe detrás de él un grupo que lo apoya económicamente, el intelectual no puede trabajar, debe pensar. Para pensar debe tener alimento disponible. Entre más se usen las manos menos se usa la cabeza. Sin una fuerza laboral sería imposible tener una clase intelectual. Esto plantea ciertas ironías: el intelectual se vuelve en un ente superior de cierta forma porque necesita gente que trabaje para él.

Resulta interesante a todo esto la postura comunista que se imaginó durante casi un siglo la factibilidad de que el intelectual cortara caña de azucar durante las mañanas mientras escribía tratados por la tarde.

Sólo los cerdos pueden comer manzanas porque las necesitan para pensar, fue la declaración en la granja que nos pintara George Orwell hace varios años. Los cerdos (léase los líderes, y léase los filósofos si regresamos a la idea de Platón que hizo famosa en La República) tienen entonces que abstenerse de manchar sus puras manos con el trabajo laboral.

Más allá de cuestiones morales y éticas el asunto nos trae a un dilema. Podemos o no pensar en una clase pensante que se dedique exclusivamente a eso. La visión funcionalista nos diría que sí, que adelante. La especialización es necesaria y por lo tanto debe de haber personas que dediquen el cien por ciento de su energía a hacer lo que mejor saben hacer.

Pero ¿qué pasa cuando esta clase intelectual (tecnocrática, especialistas, etcétera) se elevan por encima del resto de la sociedad y se vuelven los brujos detrás del trono? Inevitáblemente un especialista se vuelve un soberbio por naturaleza: yo sé hacer las cosas, tú no. Todo lo que tú pienses está mal porque no eres un intelectual. Todo lo que yo diga, por obvia razón, es correcto. Mis prejuicios hacia ciertos grupos que como toda persona tengo, esos no importan porque soy un especialista, un ser nacido por encima del resto.

Cuando leo a especialistas y a intelectuales opinar en medios electrónicos, televisivos, o impresos, no dejo de pensar en esa gran facultad que han logrado gracias a sus créditos. No dudo que llegaron a ese lugar por méritos, porque tienen algo que los demás no han hecho y eso es dedicar más horas a la lectura, al estudio. Tienen cierta sabiduría y visión de largo plazo que la mayoría de nosotros no tenemos. Tienen, por lo tanto y quiero pensar que esto no es una sucesión lógica aunque nos lo quieran hacer pensar así, la facultad casi divina de juzgar.

El juicio vuelve a un intelectual parcial. Ha tomado partido y ha decidido que cierta idea es correcta por encima de las demás. Tiene todo el derecho de hacerlo, pero lo que me resulta preocupante es casi por respuesta automática tenemos nosotros la obligación de aceptarlo.

Si algo hizo Sócrates en el siglo 4 antes de Cristo fue precisamente cuestionar, cuestionar, cuestionar. Duda de todo, ponlo en tela de juicio, conspira y vuélvete su peor enemigo para que así sopeses las demás alternativas, para que pruebes la fuerza del argumento. No aceptes nada por sentado sin antes cuestionarlo, así venga de la persona que más confianza te inspire pues inevitáblemente lo mueven además de intereses generales, intereses propios.

La madurez de una institución o de una sociedad en su conjunto no está en otra cosa que en la capacidad de un número cada vez mayor de sus miembros para cuestionar lo que leen, escuchan y ven.

El dilema se encuentra entre la eficiencia y la pureza. Tal parece que nuestra clase intelectual nos ha llevado a otro dilema más maniqueo: Bien contra el mal. Las visiones que se encuentran actualmente nos quieren obligar a tomar partido, ambos dicen que por el bien de la nación y por todo lo que hemos luchado.

Yo los invito a cuestionar a estos intelectuales, de ambos lados. Cuestionemos todo y atrevámonos a pensar antes, durante y después de leerlos, escucharlos o verlos.

3 comentarios:

scarlett dijo...

esta interesante tu post, y sobre todo me recordaste aquel analisis, que no termine, acerca de la necesidad de la servidumbre o lo que tu llamas "gente que trabaje para el intelectual".

Angel dijo...

Yo por eso siempre te cuestiono, aun que empezare a dudar de tu sabiduria, sigue comiendo manzanas, iluminame con dudas

Tavo G dijo...

Me parece que hacés mal en citar a Sócrates en una defensa de la democracia. Podrías haber buscado algo de Perícles. Justamente aquel, y Platón, y los sofistas se sentían muy por encima de la plebe, eran indudablemente especialistas del pensamiento y se ganaban toda la antipatía de los griegos. Si los griegos ya eran soberbios, ¡estos eran los reyes de los soberbios!
y justamente ellos señalaron (resumo a Savater) qeu la gente común no suele tener más que conocimientos "de andar por casa", basados en observaciones apresuradas de lo cotidiano y en lo que oyen decir a los demás. Ignoran lo que es el bien y cada cual lo confunde con lo que les gusta o le conviene. Y si los asuntos importantes de la polis son difíciles de comprender por los profanos, ¿cómo va a valer lo mismo la opinión del general y la del carpintero cuando lo qeu se está discutiendo sea la estrategia para defenderse del enemigo? Además, la gente común cambia de parecer cada 2 x 3, a la mayoría se la engaña con facilidad, y al que no se lo engaña se lo compra, porque el vulgo no quiere más que $ y diversiones.
Este tipo de grandes verdades está detrás de la postura paternalista de considerar al pueblo (a la masa)como un perpetuo menor de edad, y justifica la mentira política en pos de evitar pánicos y alzamientos. Así, las decisiones más importantes convienen a deliberaciones de "mesa chica" (así le decimos en Argentina).
Dejá de hacer demagogia, pelotudo!!! (de onda)